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Alma Guillermoprieto sobre cómo transforma el caos en relato perdurable

Alma Guillermoprieto lleva la mayor parte de su carrera prestándole atención a cosas que muchos preferirían ignorar.

Desde comienzos de la década de 1980, Guillermoprieto ha reportado sobre cultura, poder y violencia en toda América Latina, principalmente para The New Yorker, The New York Review of Books y National Geographic. Sus libros — entre ellos “Samba”, “The Heart That Bleeds” y “Looking for History”— reúnen algunos de sus trabajos más perdurables.

En su colección más reciente, “The Years of Blood”, publicada el año pasado por Duke University Press, sus historias, investigadas detalladamente, rastrean los orígenes de algunas de las transformaciones políticas más trascendentales de este siglo: la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua; la incipiente dictadura de Nayib Bukele en El Salvador; y el régimen que parece haber sido desplazado de Nicolás Maduro en Venezuela.

Sus historias ofrecen el bálsamo de la comprensión: convierte acontecimientos que parecían titulares incoherentes en personajes y relatos asequibles, como un familiar que recorre una casa a oscuras y va encendiendo las luces una por una.

En esta entrevista con LatAm Journalism Review (LJR), Guillermoprieto, nacida en México y de 76 años, reflexiona sobre su proceso de reportería y redacción, los riesgos imposibles que enfrentan los periodistas en toda la región y la experiencia de haber reportado con la suficiente longevidad para ver gobiernos caer, levantarse y volver a caer. El texto ha sido editado por razones de extensión y claridad.

Book cover that says "The Years of Blood"

"The Years of Blood," Duke University Press, abril 2025.

LJR: Escribes en el prólogo que esta nueva colección trata en gran medida sobre la desilusión y los futuros rotos. ¿Por qué lo dices?

Alma Guillermoprieto: Porque la desilusión con la democracia es algo que estamos viendo todos los días. El caso más destacado quizá sea el de Nayib Bukele en El Salvador. Las cosas que se suponía que la transición a la democracia electoral iba a ofrecer no cumplieron las expectativas de la gente, así que el sueño roto de la democracia es tanto de las poblaciones como mío.

LJR: En lo personal, ¿has experimentado desilusión? Pienso en cómo cubriste la Revolución Sandinista en Nicaragua a finales de la década de 1970, y en que ahora has estado reportando sobre ella suficientes años como para ver a las mismas personas de esa revolución convertirse, más o menos, en los opresores a los que ellos mismos derrocaron.

AG: Por supuesto. Creo que los reportajes más significativos de escribir han sido los del binomio Ortega-Murillo porque, para mí, Nicaragua era la posibilidad de un buen desenlace para nuestra política, y eso ha sido un objetivo esquivo. Y en Nicaragua, en particular, claro que lo siento así porque estuve allí desde el principio, pero también da materia muy rica para analizar. ¿Por qué las mejores esperanzas de la izquierda se desmoronan tan dramáticamente? Lo estamos viendo ahora mismo con Chile, una administración de izquierda que es elegida y conduce de inmediato a una reacción de derecha. ¿Cuál es el problema con institucionalizar cambios radicales que beneficien a la mayoría de la población? Esa, para mí, es la gran pregunta.

LJR: Al leer el último texto de la colección, sobre la desaparición en México de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, quedé con dos conclusiones principales. La primera fue que México quizá nunca sabrá qué les pasó a esos estudiantes, y la segunda es que la impunidad del caso puede ser una calamidad tan grande como la desaparición misma. Y lo que me voló la cabeza fue cómo conectaste los puntos de una manera que nadie había hecho. ¿Cómo decidiste cuánta contextualización política e histórica darle a un lector que quizás ni siquiera conozca México?

AG: Déjame decir primero que se ha hecho muchísimo periodismo valiente e iluminador sobre esta historia por parte de periodistas mexicanos que trabajan para medios mexicanos pequeños y también para El País en España. Los periodistas mexicanos han estado en este caso desde el principio, pero no tienen el espacio para contar la historia de principio a fin. Y yo era muy consciente de que tendría el espacio para exponer la historia de una manera más narrativa, y eso era algo que yo podía aportar.

LJR: Y al desarrollar esa narrativa, ¿cómo decidiste cuánta historia incluir sin sobrecargar a un lector que está totalmente fuera de contexto?

AG: No sé si los lectores lograron sostener la lectura. Hice lo mejor que pude. Pensé que el contexto era indispensable. De lo contrario, solo estaríamos contando una y otra vez la misma vieja y estúpida tragedia. También intenté hacer dos cosas: concentrarme en tres de los padres para que también se convirtiera en una historia personal. Y, como la historia ha sido tan manipulada, revisada y filtrada, traté de tomar los hechos de los documentos oficiales de las investigaciones en las que confiaban los padres. Verás que, en lo que incumbe los hechos del caso, la gran mayoría de la información sale de esas investigaciones.

LJR: ¿Podrías darles a nuestros lectores un poco del detrás de escena de tu proceso, si hay un paso a paso de cómo traduces América Latina para lectores en Estados Unidos y en el mundo de habla inglesa?

AG: Lo primero que hay que decir al respecto es que yo soy latinoamericana y que la mayor parte de lo que la gente en Estados Unidos lee está escrita por personas que no son latinoamericanas. Por eso, tiendo a usar fuentes latinoamericanas quizá más de lo que lo harían reporteros estadounidenses, porque es con lo que me siento más cómoda y en lo que siento que puedo confiar como algo con mejor información histórica. También soy consciente de que escribo para un público estadounidense, y eso me resulta útil porque me permite contar la historia asumiendo una inocencia total de parte del lector. Es mucho más exigente, pero cuando doy talleres siempre digo que lo que quieres es hacer sentir a tus lectores como a un niño de cinco años al que llevan al zoológico.

LJR: Interesante. ¿Por qué eliges esa analogía?

AG: Porque quieres decirle al niño qué va a pasar y adónde vamos, para que el lector se sienta seguro. Luego quieres destacar las distintas cosas que son importantes, los distintos protagonistas que son importantes y por qué son importantes. Y después también quieres decir: y ahora nos vamos, para que tu niño de cinco años, con su paleta en mano, no diga de repente: “¿Qué? ¡No me quiero ir todavía!”. Quieres cerrar esa historia para esa persona que te está leyendo desde un punto de inocencia. Lo interesante de eso es que, si lo haces a fondo, cinco, 10 o 20 años después, la historia será tan interesante para, digamos, mexicanos o nicaragüenses como, espero, lo fue para los lectores en Estados Unidos, porque el pasado es otro país.

LJR: ¿Qué quieres decir con eso?

AG: La cita completa es: “El pasado es otro país, allí hacen las cosas de otra manera”. Ya cuando ha pasado el tiempo, los nicaragüenses no saben qué fue lo que ocurrió.

LJR: También has dicho que ves tu trabajo como una traducción de América Latina para América Latina.

AG: A eso me refiero.

LJR: Entonces, ¿todo esto forma parte del mismo proceso que nos estás describiendo o es un ejercicio distinto?

AG: No. Si la visita al zoológico o al museo o al parque natural es exitosa, entonces todo el mundo podrá leerlo y obtener algún sentido del lugar, o podrá empezar a hacerse preguntas que provengan de un lugar más informado. Mi tarea no es responder preguntas. Mi tarea es generar preguntas. Si yo estuviese respondiendo preguntas, el reportaje quedaría desactualizado en seis meses.

LJR: Había una pregunta que no iba a hacer, pero tú más o menos abordaste el tema. Me pregunto cómo el hecho de ser mexicana y estadounidense te ha permitido hacer tu trabajo.

AG: Bueno, obviamente, porque soy bilingüe. Eso ha sido una enorme ventaja profesional, pero también en cuanto poder salir y ver la historia con cierta distancia, pero a la vez estar completamente inmersa en la investigación. Y la otra cosa es que recibí formación durante dos años por The Washington Post, muy dentro de las tradiciones del periodismo estadounidense. Esos dos años que pasé en el Post fueron indispensables para el tipo de trabajo que hago. Sigo esos estándares. Y hay estándares distintos en todas partes del mundo. Antes escribía para The Guardian, y The Guardian tiene menos respeto por las formalidades con el gobierno de los Estados Unidos. Le dan menos reverencia y ceremonia a los comunicados oficiales. Y además, como mexicana, soy plenamente incapaz de creerle nada a un funcionario. Eso es muy distinto de los reporteros estadounidenses.

LJR: ¿Estás diciendo que los reporteros estadounidenses son más propensos a tomar lo que dice el gobierno al pie de la letra?

AG: De buena fe, sí. La gente en Estados Unidos ha sido criada — aunque esto quizá esté cambiando — para confiar en su gobierno.

LJR: En el reportaje “En el nuevo territorio del crimen organizado de El Salvador”, les das a tus lectores una imagen clara de lo difícil que era vivir en el país en el 2011 por cómo las pandillas dominaban la vida cotidiana. Y luego, en una posdata, actualizas al lector sobre cómo la situación se ha transformado bajo Bukele. ¿Trabajaste con periodistas locales para reportear la historia? ¿Hay una historia detrás de la historia sobre cómo periodistas locales en El Salvador te ayudaron?

AG: Sí, totalmente. No creo que pudiese haber hecho ninguna de las historias que he escrito sin la ayuda de periodistas locales. No creo que ninguno de nosotros que hacemos corresponsalía internacional pueda hacerlo sin la ayuda de periodistas locales porque, siendo realista, voy a El Salvador y estoy allí, si tengo suerte, un mes. ¿Cómo podría yo entender por dónde empezar siquiera a buscar lo que es importante sin la ayuda de mis colegas? En el caso de El Salvador, fueron concretamente los periodistas de El Faro, que es una publicación digital que actualmente está en el exilio porque el gobierno de Bukele no puede tolerar su presencia. Son algunos de los mejores reporteros del mundo haciendo algunos de los mejores trabajos periodísticos del mundo. Así que cuando quise saber por dónde empezar a mirar este fenómeno de la violencia de las maras, obviamente fui a El Faro. ¿A dónde más habría ido? ¿Qué información podría tener cualquier otra persona que fuera la mitad de versada, valiente y creativa que el trabajo que ellos estaban haciendo? Así que sí, fue indispensable. Y por qué mis colegas están dispuestos a ser tan generosos con su ayuda es un misterio para mí.

LJR: ¿Cómo suele funcionar esa colaboración?

AG: Hay varias maneras. Una es que puedes contratar a un periodista local, a un salario aproximado a las tarifas estadounidenses, que son mucho más altas que lo que podría ganar un periodista local, para que sea lo que se llama tu “fixer.” Y entonces el fixer, a cambio, hace citas, se ocupa de la logística y habla contigo. Es una relación explotadora, a menos que esa persona piense que al hablar contigo también está aprendiendo algo. Y luego también existe la solidaridad entre colegas. Y en muchos casos, además — y esto fue cierto en mi primera época en Centroamérica —, cuando los periodistas locales simplemente no podían decir lo que sabían. Y entonces, para que eso se dijera, dependían de periodistas extranjeros para escribir esos reportajes.

Como llevo tanto tiempo en esto, conozco a muchos de estos periodistas, y conocí a muchos de ellos incluso cuando estaban empezando o cuando estaban en algún taller que yo impartí. Así que tengo una red de periodistas a los que les caigo bien o que confían en mí, y eso es bastante útil. Quedarse en la misma parte tiene enormes recompensas. Si yo hubiera sido una corresponsal extranjera tradicional, habría estado situada en Centroamérica y luego me habrían trasladado a Alemania y luego algo así. Así que lo que yo tengo son 40 años de experiencia acumulada.

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Mural del periodista Javier Valdez en el centro de Culiacán, Sinaloa. (Foto: Jorge Valencia)

LJR: Escribes sobre el asesinato de Javier Valdez, un periodista local muy importante, en Sinaloa en 2017. En una región donde vemos tanta violencia contra periodistas casi a diario, ¿qué crees que hizo que el caso de Javier se destacara?

AG: La historia sobre Javier Valdez es, de alguna manera, la segunda parte de una historia inicial sobre periodistas locales que trabajan en América Latina. “Arriesgar la vida por la verdad” es una historia que escribí en 2012 con la ayuda de mis colegas en México. En ese momento, el Comité para la Protección de los Periodistas tenía un criterio muy estricto según el cual, si los periodistas estaban de alguna manera vinculados al narcotráfico, no podían ser considerados víctimas. Y yo trataba de explicar el contexto en el que trabaja un periodista mexicano. Para mí, descubrir ese contexto fue realmente esclarecedor, entender que esos periodistas estaban literalmente condenados sin importar lo que hicieran. Los periodistas en las provincias de México negocian constantemente qué pueden decir y hacer. Y negocian de manera consciente o implícita con el narcotráfico local, que es lo que hacen los diplomáticos, por cierto, y lo que hacen muchos políticos en el mundo: una negociación constante entre ciertas fuerzas del mal y ellos mismos para hacer posible su coexistencia y supervivencia. De eso trataba la primera historia. Y luego, cuando Javier fue asesinado, me pareció obvio que había estado esperando esa noticia todo el tiempo…

LJR: ¿En serio?

AG: … porque estaba claro, en retrospectiva, que él no podía sobrevivir. Hizo sus propias negociaciones y acuerdos. Y de alguna manera cruzó esa línea al hablar de El Licenciado, y fue asesinado muy poco tiempo después. Pero, de nuevo, fue el caso de alguien que, sin ninguna buena razón, era bastante generoso con todos nosotros, corresponsales extranjeros o corresponsales de Ciudad de México, que aparecíamos por ahí.

LJR: ¿En qué sentido?

AG: No te contaba todo lo que sabía. Te orientaba. Te presentaba personas que podían ser de ayuda. Por ejemplo, era una época en la que yo estaba haciendo mucho reporteo sobre drogas y una de las maneras eficientes de hacerlo era entrar a las cárceles. Y así que había estado en la prisión de Juárez, lo cual fue un golpe de suerte y de generosidad por parte de las personas que me ayudaron. Luego quise entrar a una prisión en Sinaloa, y Javier me presentó los funcionarios que podían abrir esas puertas, y así fue como escribí otra historia en el 2010, que se llama “Espíritus atormentados”. No habría sido posible sin la ayuda de Javier.

LJR: Para quienes no saben quién era Javier, ¿quién fue y por qué se volvió tan emblemático? Uno va a Culiacán y hay murales suyos.

AG: Es extraño cómo alguien le toca la vida a la gente. Hay murales por toda Bogotá del comediante Jaime Garzón, que fue asesinado en 1999. Y Javier también le tocó el corazón a la gente. Javier era un muy buen periodista de investigación y uno de los cofundadores de una medio digital llamada Ríodoce. Hacían un periodismo muy riguroso en el uso de fuentes y muy astuto, siempre caminando esa línea muy delgada de lo que podían decir sin que los mataran. Y de Javier había dos cosas que se destacaban. Tenía una personalidad enorme. Tenía una joie de vivre tremenda. Amaba su vida. Amaba a su familia. Le encantaba salir a tomar algo con sus amigos. Le encantaba la conversación. Y era un escritor formidable. Todo eso lo hacía muy conocido en Culiacán y un placer estar con él, y además era increíblemente valiente y todos nosotros lo admirábamos. Así que cuando lo asesinaron, fue un acontecimiento para el mundo del periodismo. Y fue una gran pérdida para el periodismo en Culiacán, aunque Ríodoce continúa con su labor muy valiente.

LJR: ¿Cómo ves que ha cambiado el interés en Estados Unidos de noticias sobre América Latina en estos últimos 10 años, sobre todo con el interés del gobierno estadounidense bajo los dos periodos de Trump?

AG: Las noticias cambiaron el 11 de septiembre de 2001. En ese momento, todos supimos que podíamos simplemente cerrar nuestras libretas y guardar las laptops, y que no íbamos a lograr una historia en ninguna publicación en un buen tiempo. La atención mundial se desplazó hacia el Medio Oriente, y nunca se ha recuperado del todo. Así que ese fue el gran quiebre.

Sabes, es increíble que Estados Unidos comparta un continente con algo así como 600 millones de personas y que no seamos una fuente de interés para la cobertura periodística. Esto ha cambiado durante esta administración de Trump porque, aunque prometió hacer exactamente lo contrario, resulta ser una especie de belicista. Y lo que está haciendo en Venezuela, y las amenazas que ha hecho en Colombia y México, y los acuerdos que ha cerrado con Bukele, y el apoyo que le ha dado a Javier Milei en Argentina — todo esto ha renovado el interés en las políticas de Trump hacia América Latina, diría yo, más que en América Latina en sí misma.

LJR: ¿Por qué crees que es tan importante distinguir entre esas dos cosas?

AG: Porque es la diferencia entre interesarse por tu propio país e interesarse por otros países con otros idiomas, otros problemas, otras culturas que están directamente influenciados por tu país. Entonces, ¿cuánto va a durar este interés? No lo sé.

LJR: ¿Sería justo decirlo de otra manera como que a las audiencias en los Estados Unidos no necesariamente les interese América Latina, sino que más bien sí mismas y su propio país?

AG: Sí, lo sería. Y diría que ese ha sido siempre el caso desde que soy periodista. Centroamérica fue importante porque era parte de la política exterior de Reagan. Y mi tarea, tal como la he entendido, siempre ha sido contar historias lo suficientemente atractivas como para que los lectores las lean por el valor de la historia.

LJR: Alguien dijo que tu trabajo consiste en contar las historias de América Latina por sí mismas, no de América Latina como una función de Estados Unidos.

AG: Sí, exactamente. A veces me preguntan qué pienso sobre esta persona o aquella presidencia o tal política. No pienso en eso. Pienso en este mundo como su propio mundo y como mi mundo. Y sobre eso es que trato de contar historias.

LJR: ¿Y cómo respondes la pregunta inevitable que hacen los editores en Nueva York o Los Ángeles o donde sea sobre por qué esto le debería de importar a una audiencia en los Estados Unidos? 

AG: No es una pregunta estúpida. Realmente no lo es. Simplemente no es mi pregunta. Mi respuesta es contar la historia de tal manera que sea atractiva, para que un lector no esté diciendo: “Ah, ¿qué me importa saber de Honduras?”. Sino para que esté diciendo: “¡Guau! ¡Mira esta cosa tan descabellada que está pasando en Honduras!”. Tuve muchísima suerte de tener a Bob Gottlieb y John Bennett como mis editores en The New Yorker: lo único que querían era un buen relato. Y lo único que Bob Silvers, en The New York Review of Books, quiso fueron escritores que pudieran decir cosas que provocaran preguntas.

LJR: ¿Cómo esperas que cambie el interés de las noticias en Estados Unidos sobre América Latina ahora, después de la operación estadounidense para sacar a Nicolás Maduro de Caracas?

AG: Mi respuesta sería que, apenas a tres semanas después del acontecimiento, Venezuela ya ha desaparecido de los titulares de la mayoría de los sitios de noticias, superada por la amenaza a Groenlandia y la furia en Minneapolis. Las cosas que suceden en América Latina, por importantes o devastadoras que sean, ocurren lejos de los centros de poder establecidos. Es una de las razones por las que seguimos siendo a la vez olvidados y “exóticos”.

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