El periodista belga Arthur Debruyne llevaba cerca de tres años como corresponsal en México cuando, en mayo de 2019, leyó la noticia de que jóvenes mexicanos habían sido detenidos en Moerdijk, una pequeña villa a poco más de una hora de Ámsterdam, Países Bajos, en un operativo en un laboratorio de metanfetamina al interior de una embarcación.
Poco después se enteró que ese mismo año, otro grupo de mexicanos había sido detenido en otro narcolaboratorio en Wateringen, cerca de La Haya. Todo parecía indicar que los mexicanos en cuestión habían sido llevados a Europa para trabajar bajo contratos temporales como “cocineros” de metanfetamina cristalina para redes criminales de Países Bajos y Bélgica.

Medios neerlandeses reportaron desde 2019 detenciones de mexicanos que operaban en narcolaboratorios en Países Bajos. (Foto: Captura de pantalla del medio De Volkskrant)
La presencia de estos “expertos” mexicanos en el viejo continente llamó la atención de Debruyne, por lo que decidió investigar el tema a fondo. Encontró que los cárteles mexicanos dominaban una técnica para aprovechar los desechos de la producción de metanfetamina que las organizaciones criminales europeas desconocían. Esa técnica permitía maximizar el rendimiento del producto y reducir la cantidad de residuos.
Debruyne había llegado a México para reportar sobre la migración, pero “inevitablemente”, dijo, terminó cubriendo el crimen organizado, primero como freelance y luego para el periódico neerlandés Het Financieele Dagblad. Dijo que llevaba tiempo deseando hacer una investigación de largo aliento para un libro, por lo que encontró en las noticias de los supuestos “cocineros” el tema perfecto.
“El trabajo periodístico que más placer me da, que más me interesa, es el trabajo donde puedo profundizar”, dijo Debruyne a LatAm Journalism Review (LJR). “Se sentía que era un temazo [...]. Me clavé de inmediato y me dije ‘quiero realmente ir al fondo de eso”.
A través de una combinación de cartas, visitas a cárceles, construcción de puentes de confianza y solicitudes de acceso a la información, Debruyne abordó el narcotráfico en México desde este caso en el exterior. Este enfoque, dijo, le permitió explorar capas menos documentadas del crimen organizado como fenómeno global.
El resultado fue una investigación que quedó plasmada en el libro “El narco mexicano en Europa. Cocineros mexicanos en los Países Bajos: la nueva cara global del tráfico de drogas”, publicado en octubre de 2025.
Para 2020, el tema de los “cocineros” mexicanos en Europa había explotado. Se habían descubierto alrededor de 50 narcolaboratorios en Países Bajos y Bélgica, y se había detenido a casi una veintena de ciudadanos mexicanos.
Debruyne tenía claro que no quería hacer un libro basado únicamente en fuentes policiales y judiciales. Sabía que para hacer una investigación redonda y sólida era imperativo contar con los testimonios de los mexicanos detenidos.
Comenzó por acercarse a las autoridades neerlandesas y a los abogados de los detenidos. Al obtener poca respuesta, decidió viajar con sus propios recursos a Países Bajos y Bélgica para estar presente en los primeros juicios que se llevaban a cabo sobre estos casos.
“En Países Bajos realmente toman su tiempo, los jueces hablan, hacen preguntas a los sospechosos, entonces eran buenas oportunidades para ver de cerca a esos mexicanos, para saber más de ellos”, dijo Debruyne. “Durante esos juicios mencionaron los nombres completos de esos mexicanos, de dónde eran, su fecha de nacimiento y también siempre dicen dónde están encarcelados”.
El periodista se dio a la tarea de escribir cartas con papel y pluma, en español, a los mexicanos detenidos. En ellas les explicaba quién era y les externaba su deseo de entrevistarlos.
“Hay muchas historias en la cárcel. Vale la pena ir a juicios, pasar un día en una corte. Es un camino que me rindió mucho en mi investigación”, dijo. “Siento que no es un trabajo que se hace tanto. Las cárceles se olvidan un poco”.
Durante meses no tuvo noticias. Pero un día, ya de regreso en México, le avisaron que había recibido una carta en su domicilio en Bélgica. Era la respuesta de uno de los mexicanos detenidos en el operativo en la embarcación, quien muy amablemente le agradeció el interés pero se negó a hablar por temor a atraer atención a su caso.
Sin embargo, el periodista mantuvo el intercambio de correspondencia, hasta que un día recibió una llamada del sujeto desde la prisión. Después de hablar unos minutos, el acusado accedió a tener un encuentro.
Debruyne voló de nuevo a Países Bajos. A esa primera reunión le siguieron otras hasta lograr una entrevista formal. La historia se repitió con otros presos, tanto mexicanos como neerlandeses, que también respondieron a sus cartas.
Esas entrevistas, dijo, se convirtieron en el hilo conductor de la narrativa de su reportaje.
“Sorpresivamente puedes obtener mucho solo escribiendo una carta. Es algo que he recomendado a colegas o en charlas con estudiantes de periodismo”, dijo. “Pude ver a varios mexicanos en la cárcel solo con esas cartas. Terminé escribiendo, no sé, varias docenas. Muchos no contestaron, pero varios sí”.
Debruyne atribuye él éxito de sus cartas a que el aislamiento de las cárceles hace que algunos presos, sobre todo aquellos que están en un país diferente al suyo, sean más proclives a querer hablar con alguien del exterior, y en su propio idioma.

El periodista Arthur Debruyne escribió decenas de cartas a personas detenidas como parte de su investigación periodística. (Foto: Aris Mariota)
Sin embargo, también es cierto, dijo, que los prisioneros generalmente no son como otras fuentes acostumbradas a hablar con la prensa, por lo que los periodistas deben hacer un trabajo de construcción de confianza. Eso se logra, agregó, apartándose por un momento de la faceta profesional y acercándose a ellos desde un lado humano.
“Tú como periodista tienes tu interés. Sientes que hay una historia interesante que contar y tienes que convencerlos [...]. Yo sabía que quería ver a esas personas muchas veces, quería construir una relación de confianza”, dijo. “No subestimes [las primeras visitas], es un acercamiento, un trabajo delicado. [...] Háblales como humano, pregúntales cómo están en la cárcel, de dónde son y asegúrales que no los estás entrevistando, solo estás conociéndolos”.
Algo similar sucede con las fuentes judiciales. Debruyne dijo que aunque las autoridades neerlandesas normalmente están abiertas a hablar con la prensa, suelen dar la información mínima necesaria y a cuentagotas. El periodista dijo que le llevó tiempo ganarse la confianza de los policías que investigaban el caso de los supuestos “cocineros” mexicanos, así como del fiscal a cargo.
Pero se dio cuenta que las autoridades se comenzaron a mostrar más cooperativas cuando supieron de su avanzado trabajo sobre el caso y que había hablado con algunos de los acusados.
“La Fiscalía y la Policía no te sueltan toda la sopa desde el primer encuentro”, dijo. “Les interesaba el hecho de que yo había entrado en contacto con los mexicanos. Pero yo tenía que tener cuidado de no compartir información de más, de no perjudicar al caso de los mexicanos. Era un trabajo a veces mantener un buen manejo de fuentes, de protección de las fuentes”.
En el lado opuesto de la moneda, Debruyne se topó con pared al pedir la postura de las autoridades mexicanas. Dijo que intentó hablar con la Embajada de México en Países Bajos, pero ésta se negó.
Fue entonces que Debruyne recurrió a las leyes mexicanas de acceso a la información. El periodista solicitó información al respecto en la Plataforma Nacional de Transparencia, el sistema digital que permitía acceder a datos públicos, que fue posteriormente desmantelado por el gobierno de la actual presidenta, Claudia Sheinbaum.
Debruyne pensó que debían existir reportes de la Embajada a la Secretaría de Relaciones Exteriores en México sobre los mexicanos detenidos, de modo que solicitó en la Plataforma todas las comunicaciones entre ambas instituciones.
“Me llegó bastante información, muchas comunicaciones de la Embajada dirigidas a Cancillería en México. No querían decir nada oficialmente, pero sí obtuve un montón de material por esa otra vía”, dijo. “Tengo todo un capítulo basado en esos documentos y también en una entrevista que al final obtuve con una fuente de la diplomacia mexicana. Es uno de los capítulos del que más orgulloso estoy”.
El capítulo en cuestión, titulado “Imagen”, narra la crisis diplomática que enfrentó la embajada mexicana tras el hallazgo de los narcolaboratorios vinculados a mexicanos, y de cómo el Estado reaccionó —con parálisis, silencio y estrategias fallidas de control narrativo— ante el daño a su imagen internacional.
Debruyne admite que llevaba ciertos prejuicios cuando entró en contacto con los mexicanos detenidos. Dijo que tenía la idea de que quizá iba a encontrarse con criminales como los pintan las narcoseries o películas. Sin embargo, tras las primeras charlas en la cárcel comprobó que no todos los miembros de una organización criminal son personas violentas o peligrosas.
“No te puedo negar que, sobre todo al inicio, tenía cierta paranoia”, dijo. “Esos ‘cocineros’ son parte de un grupo específico [dentro del narcotráfico]. No son pistoleros, no son sicarios, no son encargados de deshacerse de cuerpos. Siempre fueron muy corteses, nunca tuve una experiencia hostil”.

El libro de Debruyne se publicó en octubre de 2025. (Foto: Bert Wisse y Penguin Random House)
Eso le enseñó que, sin subestimar ningún riesgo, los periodistas deben despojarse de esos prejuicios en la mayor medida posible al entrar en contacto con fuentes criminales.
“No debes permitir que esos prejuicios te impidan el acercamiento entre periodistas y fuentes”, dijo.
El periodista dijo que durante sus investigaciones sobre el narcotráfico se dio cuenta que en estados como Sinaloa, los acercamientos con fuentes criminales suelen darse a través de intermediarios que se encargan de poner en contacto a miembros de un cártel con periodistas de medios internacionales, normalmente a cambio de un pago.
“Quien ha trabajado en Sinaloa sabe de eso. Las fuentes que se dejan entrevistar por medios extranjeros, que están acostumbradas a dar entrevistas, exigen dinero. Termina habiendo una microindustria. Te dicen ‘te doy la entrevista, pero me pagas mil o dos mil dólares”, dijo. “A algunas fuentes criminales muchas veces incluso hasta les gusta hablar con la prensa. Dar una entrevista a, por ejemplo, The New York Times o algo así, les da cierta importancia”.
Debruyne dijo que esas prácticas sin duda comprometen la confiabilidad y veracidad de la entrevista, además de que pone en peligro a los reporteros.
El periodista dijo que su investigación para “El narco mexicano en Europa” le enseñó que acercarse a miembros de menor rango o en la periferia de las organizaciones criminales, como los “cocineros” de narcolaboratorios, pueden ofrecer perspectivas poco conocidas del mundo del narcotráfico.
“Esos eslabones más bajos también te enseñan”, dijo. “Tienen mucho que enseñarte sobre el funcionamiento del crimen organizado”.
Debruyne dijo que, si bien está consciente de lo peligroso que es cubrir el crimen organizado en América Latina, como corresponsal extranjero tiene ventajas que le brindan cierta protección, como escribir en otros idiomas y publicar en medios fuera del continente.
Además, el enfoque de un periodista que publica en un medio extranjero, dijo, es mucho más general y sus coberturas rara vez tocan los intereses de gente poderosa, que es lo que suele poner en peligro a los reporteros locales.
“Reportar en español, en Veracruz, Tamaulipas, Sinaloa, Michoacán, Chiapas sobre vínculos entre el crimen organizado y la política es de lo más arriesgado que puedes hacer”, dijo. “Yo no sacaba de la oscuridad políticos corruptos, yo no revelaba vínculos entre empresarios, o políticos con el crimen organizado. Lo que hacía en el periódico de Holanda era en términos muy generales”.
Debruyne, quien ahora vive en Argentina y trabaja como corresponsal en América Latina para Het Financieele Dagblad, dijo que es consciente de que la región es la más peligrosa del mundo para ejercer el periodismo fuera de zonas de conflicto, principalmente para los periodistas locales. Por ello, dedicó su libro a sus colegas de México, por las condiciones de peligro con las que realizan su trabajo.
“Mi libro de hecho está dedicado a colegas mexicanos justo por eso, por todo el riesgo que enfrentan haciendo su trabajo en México”, dijo. “Tengo varios amigos reporteros mexicanos que han sido amenazados, que han tenido que hasta dejar el país por un tiempo, a razón de amenazas”.