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“El periodismo no es lugar de una única verdad”: 5 preguntas a la periodista brasileña Fabiana Moraes

La periodista brasileña Fabiana Moraes ha perfeccionado en los últimos años -en las columnas que escribió en la revista piauí en 2018, en UOL en 2020 y en las que escribe en The Intercept Brasil desde hace dos años- su aguda crítica a la cobertura informativa de la política y la sociedad brasileña. 

Moraes se dedica especialmente a señalar los lugares desde los que hablan los principales medios de comunicación del país, que se evidencian en un periodismo alineado con los intereses de las élites blancas y patriarcales. Ese periodismo, en mayor o menor medida, reproduce y alimenta el clasismo, el racismo, la misoginia, la LGTBfobia y otros tipos de odio y discriminación destinados a mantener subordinados a grupos sociales que, en realidad, constituyen la mayoría de la población. Este periodismo se apoya en una idea de objetividad que, aunque hace tiempo que se vende como "universal”, tiene color, género, dirección y poder, como escribe Moraes en su más reciente libro, “A pauta é uma arma de combate - Subjetividade, prática reflexiva e posicionamento para superar um jornalismo que desumaniza” [El artículo es un arma de combate: subjetividad, práctica reflexiva y posicionamiento para superar un periodismo que deshumaniza].

En las 367 páginas del libro, Moraes retoma temas explorados en sus columnas e incluye una bibliografía anclada en estudios feministas, culturales, raciales y decoloniales para hablar “de cómo el periodismo puede oponerse a escenarios de destrucción de la humanidad de las personas”. “Este libro habla de cómo no hay espacio, en uno de los países campeones en términos de desigualdad social y concentración de la renta en el mundo, para posturas ‘neutrales’ y falsamente equilibradas en el periodismo”, escribe en la introducción de la obra.

Desde hace seis años, Moraes es profesora e investigadora del Núcleo de Diseño y Comunicación de la Universidad Federal de Pernambuco (NDC/UFPE, por sus siglas en portugués), en el Campus de Agreste, en el interior de este estado del noreste. También trabajó durante dos décadas como reportera en las redacciones de Recife, capital de Pernambuco, donde nació. Varios de sus reportajes han sido premiados y publicados en forma de libro. Uno de ellos es “O nascimento de Joicy - Transexualidade, jornalismo e os limites entre repórter e personagem” [El nacimiento de Joicy: Transexualidad, periodismo y los límites entre reportero y personaje] que recibió el Premio Esso de Reportaje en 2011, en 2015 se publicó en forma de libro y al año siguiente fue finalista del premio Jabuti en la categoría de Reportaje y Documental. “El artículo es un arma de combate” es su sexto libro y fue publicado en Brasil en septiembre por la editorial Arquipélado.

En conversación con LatAm Journalism Review (LJR), Moraes habló sobre los temas explorados en su nuevo libro y sobre las narrativas periodísticas respecto a la ultraderecha en Brasil, que llegó al poder con la elección de Jair Bolsonaro a la presidencia en 2018. Después de los últimos cuatro años, al menos, la sociedad brasileña tiene más elementos para “escudriñar mejor a esta prensa y su falsa imparcialidad”, considera. 

Lea la entrevista a continuación, que ha sido editada para mayor claridad y concisión.

LatAm Journalism Review (LJR): En su libro más reciente, “A pauta é uma arma de combate” [El artículo es un arma de combate], usted propone “un periodismo subjetivo”. ¿Cómo define este tipo de periodismo y por qué lo considera importante en el actual contexto de comunicación e información en Brasil y América Latina?

Fabiana Moraes: Una primera cuestión es que no podemos hablar de un periodismo subjetivo como una “modalidad”, sino entender que la subjetividad está y ha estado siempre presente en la teoría y la práctica informativa. Cuando hago hincapié en la subjetividad es, en primer lugar, una forma de sacar el término “del armario”, de hacerlo visible, ya que su presencia fue negada epistemológica e históricamente en nombre de la objetividad, de aquello que en teoría solidifica y hace más creíble el periodismo. En este libro pude organizar con más densidad el concepto de un periodismo subjetivo, que había comenzado a elaborar en “O nascimento de Joicy” [libro-reportaje de Moraes publicado por Arquipélago en 2015]. Me di cuenta de que había una lectura, tal vez la más común con respecto a la subjetividad periodística, que es la cuestión del periodista que afecta y es afectado por lo que está “ahí fuera”. Me di cuenta de cómo hay una cierta limitación, en este sentido, en la idea de subjetividad. Porque implica que se trata de algo que hay que pensar a nivel individual, no a nivel colectivo. Y luego, desde “O Nascimento de Joicy” hasta aquí, tuve tiempo de leer y escuchar más, de conocer una bibliografía que estaba totalmente relacionada con lo que venía pensando y elaborando. Por ejemplo, con la teoría feminista, en la que también se critica epistemológicamente el concepto de objetividad. Otra cuestión importante fue la lectura de la crítica decolonial. Autores como Márcia Veiga, Allan da Rosa, Erik Villanueva, Muniz Sodré, Carla Akotirene y Rosane Borges fueron importantes en este camino.

En este nuevo libro, he hecho una radiografía del periodismo de la subjetividad a partir de cinco puntos. Uno de ellos es el tema del posicionamiento, muchas veces mal leído como una simple forma de “militancia”. Pero yo entiendo que el posicionamiento no es algo que perjudique al periodismo o disminuya nuestra práctica, sino todo lo contrario. Es una pregunta sencilla que siempre me hago: ante un escenario de destrucción de la humanidad de las personas y de tantas otras formas de vida, ¿cómo podemos ser neutrales? La política, al contrario de lo que nos ha enseñado también el periodismo, no es simplemente una actividad partidista. Impregna las cosas de la vida, nuestro vivir y nuestro morir.

Otra cuestión importante es la interseccionalidad, hacer una lectura interseccional del mundo para poder también traducir el mundo -y hablo pensando mucho en Brasil. Conocemos la estructura brasileña, los legados que nos ha dejado nuestro pasado de esclavitud, que ni siquiera está tan lejos en el pasado. Lo que aún reverbera del periodo de la esclavitud define mucho de lo que es Brasil hoy. Y, en mi lectura anterior sobre la subjetividad periodística, no puse más en evidencia las cuestiones de raza, género, geografías y territorios. También hablo del periodismo como un lugar de creatividad, cuando entiendo que el periodismo es una actividad que implica el diálogo con varias formas de arte - literatura, cine, documentales, juegos, podcasts, cómics, artes visuales, etc. Así que es necesario entender que el periodismo no es un lugar para una única verdad, y que puede dar cabida a formas de narración que son informativas, que son periodísticas, o que tienen una fuerte correlación con el periodismo, pero que no están dentro de un determinado canon. Otro punto fundamental en la construcción del periodismo subjetivo es el cuestionamiento de los valores noticiosos, los atributos que transforman un hecho en más o menos noticioso. Aprendimos estos valores noticiosos casi como un dogma. La mayoría de las veces no los cuestionamos, no pensamos que sean excluyentes. Para ilustrar: las personas y los lugares de élite, o prominentes, o “reconocidos” son más noticiables. Pero, ¿cómo permea este valor, por ejemplo, las jerarquías de raza, clase y geografías? Es una pregunta fundamental, y no nos la planteamos cuando nos limitamos a hacernos eco de los criterios de noticiabilidad. Simplemente los repetimos y amplificamos. 

Un cuarto punto es la cuestión de la reflexión permanente. El periodismo es una actividad extremadamente compleja, y de alguna manera nosotros, en este campo, empezamos a negar la complejidad y la subjetividad para tratar de convertirlo en una profesión casi completamente técnica y “neutral”. Salgo a la calle, miro, vuelvo al ordenador, escribo “objetivamente” y todo está bien. Negamos así nuestro papel de mediadores, nuestra responsabilidad hacia las cosas del mundo. Nuestra profesión sigue siendo muy corporativa. Nos protegemos mucho y nunca nos gusta que nos cuestionen, que alguien diga que [algún trabajo periodístico] está mal. Así que [es importante] mirar tu propia producción y darte cuenta de cuándo algo salió mal, cuándo la cobertura fue mala, y a partir de ahí mejorar lo que haces. Es una práctica que implica reflexionar y situarse. En cierto modo, en mis 20 años en la redacción, he notado una cierta resistencia al juicio, a la crítica. Y esto es una completa contradicción con la complejidad que representa el periodismo. Hay varias formas de periodismo, pero hay que entender que, ya sea en un tuit, en una noticia dura o en un reportaje, hay una postura en relación con el mundo, y puedo ser o no ser racista u homófobo o fascista en tres líneas, en un reportaje o en una investigación más larga.

Los últimos años nos han enseñado mucho en relación con América Latina y Brasil. Creo que lo primero es que Brasil se percibía como muy superior entre los países latinoamericanos, como un país con una democracia más pulida. Y hemos visto que las cosas no eran así. Lo estamos viendo ahora. Hoy [11 de noviembre] hay comandantes de las Fuerzas Armadas emitiendo una declaración dudosa sobre el proceso electoral brasileño y sobre las instituciones que supervisan este proceso. Así que este es un aspecto [relevante], que somos una república en la que la democracia es todavía muy frágil. Desde el punto de vista periodístico, esto no puede dejarse de lado. Tenemos que incorporar esta dimensión a nuestro trabajo como periodistas. Y otra [dimensión], que no creo que sea tan diferente de la de varios otros países latinoamericanos, pero en la que Brasil tiene una singularidad, es el hecho de que somos el país que más tardó en abolir la esclavitud. Es un país que tiene la característica fundacional de hacer tratos y acuerdos, y negar lo que era destructivo y deshumanizante. Hablo no sólo de la esclavitud, sino también de la dictadura, del genocidio de los indígenas, de la institucionalización de la falta de acceso a la tierra. Es un país que tiene un pasado de golpes y acuerdos. Hay una frase muy famosa del libro “Il Gattopardo”, de [el escritor italiano Giuseppe Tomasi di] Lampedusa: “Todo debe cambiar para que todo siga igual”. Esto resume las falsas “revoluciones” en Brasil.

 

LJR: En un pasaje del libro, comenta la resistencia de parte de la prensa brasileña a clasificar a Jair Bolsonaro como extremista o ultraderechista en el contexto de las elecciones presidenciales de 2018. ¿Cómo evalúa la cobertura informativa brasileña sobre Jair Bolsonaro y el bolsonarismo en los últimos cuatro años?

FM: Hay algunos avances en relación con lo que Bolsonaro nos ha enseñado como periodistas, pero creo que todavía hay un cierto miedo a identificarlo por lo que es. Y de identificar no sólo a Bolsonaro, en realidad, sino también al bolsonarismo, o sea, a la extrema derecha brasileña que, desde el 30 de octubre, también está realizando actos terroristas en las carreteras.

Por ejemplo, en el episodio del mercado enloquecido tras el discurso de Lula [en un discurso el 10 de noviembre, el presidente electo Luiz Inácio Lula da Silva dijo que la prioridad de su gobierno será combatir el hambre. Parte de la prensa informó que “el mercado reaccionó mal”, con la subida del dólar y la caída del índice Ibovespa]. Octávio Guedes, comentarista de GloboNews, hizo un discurso incisivo, en el que dijo que el mercado es mayoritariamente pro-Bolsonaro. Estas cosas hay que decirlas. Así que cuando hablo de nombrar cosas, es para decir que este mercado también, como hizo muy bien Octávio Guedes, es pro-Bolsonaro y extremista. Un mercado que se incomodó por lo que dijo un presidente electo, pero no se incomodó por las 4 mil personas que mueren todos los días. Cuando estábamos en el apogeo de la segunda ola de COVID-19, este mercado fue a cenar con Bolsonaro en Jardins [un barrio de lujo en Sao Paulo]. Hubo una reunión entre el presidente y los empresarios en el momento más álgido de la pandemia, con casi 4.000 personas muriendo cada día. Entonces me pregunto: ¿qué nombre le ponemos a esto? ¿O pretendemos ser muy objetivos y técnicos, y fingir que son sólo posturas ideológicas o pragmáticas? ¿Qué nombre le ponemos a esto? Es entonces cuando creo que llegamos al punto de deshumanización, cuando te haces eco de lo que piensa el mercado sin criticarlo, entendiendo todo su pragmatismo.

Como escribo en el libro, este es el papel de los afiladores de cuchillos. Cito el texto de Luis Antonio Baptista que habla de que hay quienes descuartizan y matan, pero también hay quienes afilan el cuchillo para los que descuartizan. Habla de varias instituciones, entre ellas la prensa, como afiladores de esos cuchillos. Cuando se tiene una prensa que simplemente se hace eco del espanto del mercado como si el mercado fuera Brasil, Brasil con más de 30 millones de hambrientos, o como si el discurso de Lula no tuviera nada que ver con las urgencias sobre la vida y la muerte de las personas, creo que se trata todavía de un periodismo que no puede avanzar y se queda estancado en el medio del camino.

Por otro lado, creo que principalmente las periodistas han comenzado a poner la figura de Bolsonaro en la ropa que le corresponde. Lo veo de varias maneras, en varios medios de comunicación, desde los más independientes hasta los más conservadores o corporativos. Recuerdo una noticia que me parece súper importante en este periodo que es aquella del Portal Catarinas con The Intercept Brasil sobre la jueza [que negó el derecho al aborto legal a una niña de 11 años], porque mostró allí un entramado institucional pro-Bolsonaro, un reflejo de la visión de Damares sobre el aborto [Damares Alves fue la ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos durante el gobierno de Bolsonaro]. Y creo que los propios casos con Vera Magalhães [periodista agredida por Bolsonaro y por políticos y simpatizantes del presidente] también dejarán muy claro el tratamiento [de los periodistas por parte del gobierno]. Y sabemos que Magalhães era alguien extremadamente favorable a la [Operación] Lava Jato y que era anti-Lula. Y es curioso, porque en ese sentido la gente no sentía un activismo, un compromiso, en relación con [Sergio] Moro [juez de los casos de la Operación Lava Jato, incluidos los que implican a Lula] y el Ministerio Público Federal de Curitiba. Los activistas son otras personas. Pero Magalhães fue otra persona que ilustró bien, en los últimos años, la diferencia entre un gobierno democrático y un gobierno autoritario y completamente misógino, como el de Bolsonaro.

 

LJR: ¿Qué impacto cree que tuvo esta cobertura en las elecciones de 2022 y en las protestas antidemocráticas impulsadas por los partidarios de Bolsonaro después de que perdiera las elecciones frente a Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta? 

FM: Con respecto a las protestas, he visto que el adjetivo pro-golpe está en su lugar, lo cual es bueno. No son sólo protestas, son protestas antidemocráticas, y eso hay que decirlo. Por otro lado, los diversos actos terroristas que se han visto en las carreteras, con camiones que explotan, pistolas de clavos, impidiendo el acceso de la gente a los servicios sanitarios, no han sido calificados como tales, salvo por los medios de comunicación abiertamente orientados a la izquierda. Sin embargo, no sé cómo se traduce exactamente la idea de “democracia” para la población en general. Tenemos que pulir un poco más el debate sobre esta democracia. A veces creo que [este debate] es un poco flojo. Por ejemplo, Folha [de São Paulo] hace una encuesta y dice que “el 79% de la gente en Brasil quiere democracia”. ¿Pero qué democracia? Es parte del juego de la democracia que la gente proteste [contra los resultados electorales]. Pero no es democrático lanzar barras de hierro a la Policía Federal, pedir el cierre del Congreso Nacional o presentar informes basados en ilusiones, como hizo el PL [Partido Liberal, el del presidente Jair Bolsonaro, por sus siglas en portugués, que pidió la anulación de la segunda vuelta electoral, según la cual Bolsonaro fue derrotado], para anular la elección. Todo esto entra en el ámbito de la criminalidad, al igual que impedir que la gente vaya a votar, como hizo parte de la Policía Federal de Carreteras el 30 de octubre.

Creo que en la cobertura [de las elecciones] hubo un posicionamiento más intencional no porque la prensa se volvió más progresista, sino porque los gestos antidemocráticos de Bolsonaro son muy relevantes y elocuentes, por lo que es imposible permanecer indiferente y “neutral” allí. Pero todavía hubo varios ejemplos del llamado bipartidismo, como el editorial de Folha sobre la necesidad de que Lula diga quién será su ministro de Economía, en un intento de hacerlo “peligroso" como Bolsonaro. En resumen, creo que se ha avanzado algo, pero no porque el debate sobre la democracia se haya matizado y se haya entendido mejor la complejidad de la población brasileña, sino porque Bolsonaro es tan antipático para el partido que es imposible permanecer indiferente ante él. Creo que la postura tiene más que ver con esto que con una maduración de la propia prensa.

 

LJR: ¿Cuáles son sus expectativas con respecto a la cobertura informativa del tercer mandato de Lula y qué lecciones cree que se han aprendido desde 2018 que pueden servir mejor a la cobertura informativa para los próximos cuatro años y más allá? 

FM: No quiero generalizar, porque tenemos varios colegas y varios ejemplos de coberturas y empresas que están haciendo un trabajo importante, así como varias personas con criterio incluso dentro de los medios de comunicación conservadores como el Estadão, a menudo racista y xenófobo. Pero creo que el [periodismo] declarativo seguirá siendo una especie de escudo para que los periódicos traduzcan lo que quieren decir, pero sin implicarse, como siempre. Es decir, hay esos recursos de objetividad que se instrumentalizan completamente para vocalizar algo que no se puede vocalizar en primera persona, por lo que se hace uso del discurso del otro. Tiene un poco que ver con esta falsa idea de imparcialidad, “ah, cubrimos a Bolsonaro así, vamos a cubrir a este nuevo gobierno así”. Y esa falsa imparcialidad es muy dañina para la democracia, porque el gobierno de Bolsonaro no es comparable con ninguna de nuestras épocas post-dictadura.

Una cosa es hacer la crítica necesaria, y obviamente este gobierno entrante debe cometer una serie de errores, tropiezos, cuestiones que son previsibles en cualquier administración. No se puede esperar que ningún gobierno sea un paraíso, con calles que fluyen con leche y miel y gente acariciando leones dóciles. Estamos hablando de política, de acuerdos, de desacuerdos, de tensiones y disensiones. Sería muy interesante que esta cobertura se hiciera con más responsabilidad. Y no sólo en función de intereses muy concretos, que muchas veces se anteponen a cualquier proyecto colectivo real, a cualquier proyecto para Brasil.

Por ejemplo, pensando aquí en el nordeste, el impacto de la universalización del agua, de las cisternas, del Agua para Todos [programa de abastecimiento de agua en regiones afectadas por la sequía creado por el gobierno de Dilma Rousseff en 2011] fue completamente minimizado en general en la prensa porque tenía una relación muy fuerte con los gobiernos del PT [Partido de los Trabajadores]. Pero el escenario que surgió con el programa de cisternas fue revolucionario en el país, fue revolucionario en una región, en esta región que siempre es vista como una región de carencia, de pobreza. Este es un ejemplo para ilustrar un poco lo que estoy tratando de decir. Olvidaron, conscientemente o no, una política pública de enorme impacto - principalmente en la vida de las mujeres y niños negros e indígenas del nordeste. Cuando algo de esta naturaleza, con este impacto en la vida de millones, en la vida de generaciones, es minimizado ante la mala voluntad política que los medios de comunicación tienen hacia un candidato, entenderemos que los sentidos de la democracia son muy precarios, para ser elegantes. O bien, que realmente están respondiendo a estas asociaciones con el mercado. En definitiva, porque el candidato no interesa a cierto tipo de inversores, de tendencia más neoliberal.

Así que no creo que sea, y espero que no lo sea, una cobertura tan ligera como lo fue la cobertura de la [Operación] Lava Jato, por ejemplo. Pero tampoco espero grandes cambios. Creo que hoy tenemos más armas para identificar esta frivolidad. Ahora tenemos más elementos, después de Bolsonaro, -y aquí digo “gracias, Bolsonaro”  - para, como sociedad, escudriñar mejor esta prensa y sus falsas imparcialidades.

 

LJR: La última frase de la introducción del libro “El artículo es un arma de combate” es: “Este libro es una declaración de amor”. ¿Es una declaración de amor al periodismo? En ese sentido, ¿por qué eligió y sigue eligiendo dedicarse al periodismo?

FM: Es una declaración de amor al periodismo, sin duda. Mejor: es una declaración de amor a Brasil, a través del periodismo. Creo que nosotros, como periodistas, podemos hacer cosas mucho más interesantes para traducir, vocalizar y subrayar lo que ocurre en este país. Me apasiona Brasil, a pesar de todo. Es una declaración de amor a lo que me une hace más de dos décadas, cuando elegí ser periodista. Sí, el periodismo es un medio de transformación.

Una vez estuve hablando con [la periodista] Daniela Arbex sobre nuestra profesión y lo infravalorada que ha estado en los últimos años. Recuerdo que me dijo lo mucho que le gusta lo que hace y la seriedad con la que se toma su profesión. Es eso: aquí no bromeamos. Sabemos lo que nos cuesta el periodismo. Y no voy a quitarle complejidad a mi profesión, a disminuirla, a minimizar mi actividad, mi profesión, lo que puedo hacer, en nombre de “ah, no estás siendo objetiva, pareces demasiado activista”. Esto me parece irrisorio. Elegí ser periodista precisamente por las razones por las que sigo siéndolo hoy. Creo y confío mucho en la capacidad del periodismo para traducir las cosas del país, de la vida cotidiana, de la política brasileña, entendiendo que la política brasileña no se reduce ni se ha reducido nunca a Brasilia.

En el Jornal do Commercio, donde estuve mucho tiempo, creo que en mis 20 años en el periódico debo haber producido sólo dos grandes titulares. Existe esa cosa de titular [la primera página del periódico], de conseguir primicias, como si fuera la cumbre del periodismo. Esto nunca me interesó como periodista, nunca fue para mí el objetivo de lo que hago. Y no estoy menospreciando a los periodistas de “primicias”. Pero el periodismo es mucho más que “engatusar” con una declaración bomba o incluso averiguar algo. El periodismo es más que eso. Esto ha ocurrido en mi carrera, pero no lo buscaba exactamente, simplemente ocurrió.

Creo que hay una naturalización de la violencia, y el periodismo es capaz de desnaturalizarla. Y esa es una de las grandes bellezas del periodismo: puede desnaturalizar lo que parece natural. Así que sí, este libro es una declaración de amor al periodismo.

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