La libertad de prensa se clasifica como “difícil” o “muy grave” en la mitad de los países de la región, según la clasificación anual de Reporteros Sin Fronteras.
En un año marcado por severas restricciones a la libertad de prensa a nivel mundial —con la criminalización generalizada del periodismo— la situación en el continente americano es una de las peores.
Desde 2022, la región ha descendido 14 puntos en la Clasificación Mundial de Libertad de Prensa que publica anualmente Reporteros Sin Fronteras (RSF).
Este descenso, señala RSF, es similar al observado en las regiones más peligrosas del mundo para el ejercicio del periodismo: Medio Oriente y Europa del Este.
Como parte de su clasificación —publicada el 30 de abril de 2026, en vísperas del Día Mundial de la Libertad de Prensa—, RSF califica y clasifica a 180 países y territorios en una escala de 0 a 100, donde 100 representa el nivel más alto posible de libertad de prensa.
En función de estas puntuaciones, la organización clasifica la situación de la libertad de prensa en los países como “buena”, “más bien buena”, “problemática”, “difícil” o “muy grave”.
Catorce países del continente se encuentran en situación “difícil” o “muy grave”.
Nicaragua (puesto 168), Cuba (160), Venezuela (159), Perú (144) y El Salvador (143) ocupan lo más bajo de la clasificación en la categoría “muy grave”.
Honduras (132), Guatemala (128), Ecuador (125), México (122), Haití (107), Colombia (102), Argentina (98), Bolivia (91) y Paraguay (88) se encuentra en categoría “difícil”.
Ningún país de América obtuvo la calificación de “buena” y sólo cuatro fueron clasificados como “más bien buena”: Canadá (20), Jamaica (26), Surinam (34) y Costa Rica (38).
Incluso Costa Rica, donde las libertades de prensa y de expresión históricamente son “muy respetados”, señala RSF, descendió 30 posiciones con respecto a 2022.
“El continente se caracteriza por dos tendencias: aumento de violencia perpetrada por el crimen organizado y por las fuerzas políticas”, dice el análisis de RSF.
Seis países de la región marcaron especialmente el descenso de la puntuación del continente, dijo a LatAm Journalism Review (LJR) Artur Romeu, director de la oficina para América Latina de RSF.
Estados Unidos (en el puesto 64) bajó 22 posiciones desde 2022 y 7 desde 2025. Argentina (bajó 69 posiciones), Perú (67 posiciones), Ecuador (57 posiciones) y El Salvador (31 posiciones) mostraron descensos graves comparados con 2022. En el caso de El Salvador, la disminución fue de 77 posiciones comparada con la Clasificación de 2018 cuando aún no había llegado al poder Nayib Bukele.
“Hemos caído 105 posiciones desde 2014. Una caída tan dramática no es un accidente o casualidad”, dijo a LJR Sergio Arauz, presidente de la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES). “Es el retrato fiel de que los Estados están convirtiendo en política pública la persecución de periodistas. Eso explica que en el último año el dilema sea entre hacer otra cosa distinta al periodismo o el exilio”.
La situación de El Salvador no es única sino que representa los retrocesos de la región, continuó Arauz. Por eso, dijo, se necesita más que nunca el periodismo.
“El llamado a los colegas es a organizarse y resistir, pero también a cuidarse y protegerse”, dijo Arauz. “A los políticos, sólo nos queda seguirles insistiendo en que no confundan el mensaje con el mensajero”.
El continente americano no es la única región afectada.
En los 25 años que RSF lleva elaborando su Clasificación Mundial de Libertad de Prensa, este año es la primera vez que más de la mitad de los países del mundo (52%) están en una situación “difícil” o “muy grave”.
La clasificación analiza el estado de la libertad de prensa a través de cinco indicadores: político, legal, económico, social y seguridad de periodistas.
A nivel global, el indicador más afectado es el legal, que según RSF, demuestra la creciente criminalización del periodismo
“¿Hasta cuándo vamos a tolerar la asfixia del periodismo, la obstaculización sistemática de los periodistas y la erosión continua de la libertad de prensa?”, dijo la directora editorial de RSF, Anne Bocandé, en la introducción del informe 2026.
Según Bocandé esta es la pregunta con la que se debe encarar el futuro tras 25 años de análisis “porque mientras los ataques contra el derecho a la información se diversifican y se vuelven más sofisticados, sus autores ya no se ocultan”. Desde Estados autoritarios, pasando por políticos cómplices o ineficaces, así como actores económicos depredadores y plataformas “incontrolables”, todos tienen responsabilidad.
“Las cifras son impresionantes. Tenemos de una manera clara que estamos en el peor momento en términos de puntuación promedio del conjunto de países a nivel global”, dijo Romeu.
La prensa, dijo Romeu, enfrenta una crisis multidimensional en un mundo donde se consolidan por un lado modelos autoritarios incluso en democracias consolidadas que utilizan estrategias de censura más sutiles: incrementan campañas de propaganda y desinformación, así como restricciones de acceso a la información, entre otras. Las guerras y conflictos en gran parte del mundo, así como la crisis económica agravada por las grandes plataformas de tecnología se suman a estos problemas.
“Vemos en el mundo democracias consolidadas que se alinearon a una dinámica del poder político donde la polarización sistemática con los medios y periodistas se ha vuelto una estrategia de ganancia electoral”, dijo Romeu.
Existe una señal positiva para la libertad de prensa en el continente, aunque limitada.
Por primera vez en los 25 años, Brasil (52) se ubica por encima de Estados Unidos y registró un ascenso de 58 posiciones en cuatro años. El país mejoró su puntaje en cuatro de los cinco indicadores.
Gran parte de este mejoramiento se explica por el cambio de gobierno con una postura “radicalmente” diferente hacia la prensa, dijo Romeu.
“Volvemos a un escenario de normalidad democrática clásica tradicional, ni siquiera [son] cambios innovadores”, dijo Romeu.
Este escenario crea un efecto cascada en los demás entes que refuerzan la transparencia, acceso a la información e independencia de instituciones. Iniciativas como el Observatorio de Violencia contra Periodistas y el reciente estándar nacional para investigar crímenes contra periodistas son esfuerzos destacados. Además, el último asesinato de periodistas en el país se registró en 2022.
Si bien el caso de Brasil es bastante positivo, señaló Romeu, no tiene que ver con un cambio profundo. De hecho, el país se destaca de manera negativa por casos de acoso judicial; y el indicador social – que mide la confianza de la sociedad en la prensa, las campañas de odio contra periodistas, pluralidad en medios, percepción de autocensura en temas sensibles, entre otros – fue el único que no subió.
Esto demuestra las “tensiones” que todavía existen en el país, dijo Romeu.
Uno de los factores vitales para lograr una especie de solución es superar la desvinculación que existe entre sociedad y periodismo. Los poderes políticos han promovido desconfianza hacia medios y periodistas mientras logran canales más directos para transmitir su propaganda, dijo Romeu.
Las plataformas tecnológicas se han unido a esto con el cambio en la manera de consumir información, creando burbujas que confirman sesgos y que llevan a considerar el periodismo una especie de opinión más y no un ejercicio de comprensión de la realidad.
Los medios también son responsables, dijo Romeu, con su falta de transparencia, pluralidad e incluso de ejercicios de alfabetización mediática.
Estos múltiples factores que afectan a la prensa crean, dijo Romeu, una especie de “tempestad perfecta”.
“Y la verdad es que la única salida pasa por reactivar la dimensión colectiva y social que tiene el derecho a la libertad de prensa”, dijo.
Uno de los retos principales, agregó, es borrar la creencia de que la libertad de prensa se trata de un derecho de periodistas o gremios, y se entienda como un derecho de la ciudadanía. Enfatizar en esa dimensión colectiva y social lograría vincular a la sociedad en la lucha por garantizar la libertad de prensa.